
La semana pasada fui a visitar la librería de mi madre. Hace años, cada vez que me gustaba un libro, mis padres, emocionados, me lo regalaban. Qué tiempos aquellos. Al darse cuenta de que me gustaban los libros caros y raros, me limitaron los regalos. Desde entonces soy modesta en mis peticiones y cuando son caros, los compro. Junto a Barroco de Severo Sarduy y tres revistas literarias, traje este pequeño libro de lectura. Me encantan, tengo varios. Éstos, en inglés y viejos, caen la categoria de “Libros que apenas sirven” y se salvan de la basura así, apenas.




Al llegar a casa busqué con desesperación uno que recordé del ilustrador y diseñador mexicano Manuel Manilla, precursor de José Guadalupe Posada; los dos libros son contemporáneos. Lo encontré ayer. El contraste me gusta, he de confesar que, aunque modesto, me gusta mucho más el de Manilla. Es de la época en la que mostrar un fumador a un niño era permitido, la linterna era de vidrio y funcionaba con la luz de una vela, el sombrero era de copa, el xicote era un insecto reconocible y el wagon se escribía con dobleú. La impresión, además, era estereotípica y era del autor.





A pesar del número, que es la mitad de doce, no me gustan ni la primera ni la última palabra de la selección de palabras de seis letras. Tampoco me gusta que el borrego de Juan se haya comido tus libros.