jueves, 6 de diciembre de 2012

TANTOS LIBROS

Uno de los libreros de la biblioteca de Juan Pascoe.

La bibliofilia es un padecimiento progresivo y mortal, suele decir un tío mío, librero de ocasión, cuya pasión libresca, arraigada fuertemente en la primera infancia, lo ha llevado al extremo de vivir de, por, para, con y, literalmente, entre sus libros. Incapaz de dejar pasar una buena oferta, con la brújula dispuesta hacia el negocio, de colmillo largo y visión de lince, habituado a respirar el polvo de las librerías de viejo desde el momento en el que nació, utiliza su tiempo libre para visitar librerías, tianguis, mercados de pulgas, subastas, bibliotecas públicas y particulares en busca de aquellos ejemplares que hacen falta en sus múltiples colecciones personales. Sus viajes nunca dejan pasar la visita a la biblioteca, librería o sección del museo dedicada a los libros. Coleccionista de papel antiguo, papel de guardas, separadores de libros, ex libris, tarjetas de librerías, sellos de encuadernadores, colecciona también recortes de obras de arte, fotografías y dibujos siempre y cuando exista entre sus imágenes un libro retratado. Una de sus primeras bibliotecas fue, por supuesto, la de libros que hablan sobre libros.

 El bibliófilo coleccionista lleva consigo una acumulación desmesurada, bibliotecas de por lo menos cinco mil ejemplares, toneladas de papel que sólo sirven en su conjunto a él mismo. Una biblioteca personal es intransferible. Imposible de heredarse, tiene el fatal destino de la disgregación posterior a la muerte del que la conformó. Si la colección tiene la suerte de quedar resguardada como un legado público, sirve de retrato y santuario dedicado a su antiguo propietario. Así son los libros. Los adoramos, los acumulamos y con el tiempo, las preguntas acerca de esta venerable afición acosan al propietario y a sus cercanos: tanto dinero invertido, tanto tiempo ocupado, tanto espacio destinado a papeles y papeles que a veces se abren solamente una vez durante toda una vida. 

Un libro es un libro. Poderoso por definición, múltiple y único, una colección de libros en torno a un tema, un autor, potencia su poder individual. Cómo se envidian esas pequeñas colecciones dispuestas con amoroso orden. Recuerdo, por poner los primeros ejemplos que me surgen en la cabeza, la colección de primeras ediciones de Octavio Paz pertenecientes al impresor y editor Juan Pascoe, con todo y la edición de 1979 de Hijos del aire, impresa con tipos móviles por él mismo en su prensa del siglo XIX; la colección de mujeres poetas de Alí Chumacero "las pongo separadas para que no se les pegue lo tarugo” nos contó en una entrevista que le hicimos Jorge Navarijo, José Luis Lugo y yo en 1996. La colección impecable de Miguel Covarrubias del editor Ramón Reverté, todos los ejemplares con sus camisas originales, impecables y forradas con amorosa devoción y mylar libre de ácido; recuerdo también la colección de diccionarios del traductor Gregory Dechant, ocupaba casi la mitad de su pequeño departamento en la colonia Cuauhtémoc. Las colecciones, esos pequeños oasis en el cúmulo de ejemplares, son tesoros completos o casi; la biblioteca, en cambio, nunca está terminada. 

¿Y qué hará con su biblioteca cuándo se muera? Pregunta dolorosa, empeñosa y necia que suele hacerse a los acumuladores de libros, que se hace un bibliómano a él mismo. “Regalar una biblioteca es como regalar un tigre: nadie sabe qué hacer con ella” nos dijo José Luis Martínez cuando visitamos su biblioteca; no sabía entonces cuál sería su feliz destino. “Yo soy a la idea de que los libros deben regresar al mercado. Mis sobrinas son mis únicas herederas, podrán vender esos libros porque a cada uno le he puesto su precio en dólares al momento de adquirirlo” nos confesó Felipe Solís; tenía un departamento destinado exclusivamente a sus libros de arqueología. La falta de espacio, la necesidad económica, la presión de los cercanos, la religión, el amor, la guerra, la mudanza, también son motivos de disgregación. “Mis hijos dicen que less is more”, se lamentaba un doctor obligado a dejar su enorme casa de las Lomas por un pequeño departamento mientras vendía su biblioteca. “Quise donarlos a la biblioteca de mi facultad, pero fue imposible” me dijo con ojos llorosos una investigadora de la UNAM antes de ofrecerme siete mil ejemplares a un precio bajísimo. 

El que gusta de comprar libros sabe que son objetos caros, después del desembolso, entran a las casas  en lugar privilegiado, se disfrutan, se desquita el gasto; en cambio salen y se pierden de manera dudosa: ¿Pero dónde dejé ese libro?, terminan regalándose: Sabía que él-ella lo iba a apreciar tanto como yo o rematándose a precios risibles. Los libros de la biblioteca de Chucho Reyes fueron vendidos en un local obscuro dentro de un restaurante de la Zona Rosa, cada uno marcado con su ex libris de cuero y numerosas tripas (como suele llamarse en la jerga librera a los papeles que salen de los libros viejos). Cartas, notas personales, fotografías, dibujos, recortes de revistas y periódicos, salían volando de cada ejemplar que adquirimos. Los precios de los restos de esta gran biblioteca fueron puestos según su tamaño: grandes, caros; medianos, de medio costo; chicos, baratos. Guillermo Tovar de Teresa contó cómo rescató los libros de la biblioteca de Agustín Marcos Orortiz de una casa desvencijada en la colonia Roma después del terremoto del 85. “Los pagamos entre tres personas, el resto se los di al librero Ubaldo López para que los vendiera”, dijo en entrevista. 

Un libro junto a otro libro junto a otro libro. “Qué bonita es tu casa, llena de libros”. “Quiero una biblioteca así que adorne mi sala”. “Éste es el mejor muro: allí mandaré hacer un gran librero”.  Los libros conviven, se retroalimentan, se empalman uno con otro: visten. Exponen sus lomos coloridos de letras. No faltan las bibliotecas huecas: “Véndame diez metros lineales de libros rojos”, “No importa el contenido, los encuadernaré en cuero con mis iniciales en el lomo, grabadas”. Los libros acumulados son motivo de presunción y orgullo, pero también son estética. No es casual que en las últimas ferias de arte contemporáneo haya más de un artista que ocupe libros viejos por su belleza. ¡Ay, los libros! Cada vez más devaluados. Más vale en vez de tirarlos, convertirlos en piezas decorativas: esculturas, muebles, túneles, torres de babel, paisajes borgianos, arte contemporáneo. Hay quien decide ordenar su biblioteca por colores o con algún modo caprichoso que responde a una composición visual. Martha Elion acomodó el entrepaño superior de su biblioteca en pequeñas torres dispuestas con un acomodo geométrico y angulado. Hermoso. Quién no suspira después de reacomodar el librero personal, sacudir el polvo a los ejemplares, disponer de nueva forma los objetos que cariñosos se acomodan junto a los libros unas veces para sostenerlos, otras solamente para acompañarlos. La lectura de los lomos formados ofrece una posibilidad más de creación estética y libresca. Lo invito, lector, a formar un poema aleatorio con los títulos en los lomos de su sección favorita del librero.

Sin duda, el mejor contenedor de la biblioteca es el librero, pero a veces los libros se extienden hacia otros rincones de la casa. “¡Cuidado con las pilas de libros! Están en perfecto equilibrio, si se caen, sería una tragedia”. “Haz a un lado los libros y comemos”. Una vez compré una buena biblioteca de libros antiguos de música que estaba bien acomodada debajo de una cama; nunca falta un bonche de libros a un lado del excusado. 

 La relación y el acomodo de un libro después de otro responde al espacio, pero también a las historias personales. Hay quien no puede separar dos libros que se compraron el mismo día: "Me recuerdan la tarde en la que conocí a M", o los de un mismo viaje: "Todos éstos los compre en Strand. Fue una ganga". A veces las editoriales ofrecen motivos de acomodo: en más de una biblioteca he visto reunidos los Breviarios del Fondo de Cultura Económica, los Crisoles de Aguilar e incluso todos los publicados por Siglo XXI en ese pequeño formato de un cuarto de oficio. ¿Cómo arreglar la biblioteca? A veces la solución responde a ideas prácticas: "Todos estos los ocupo para preparar mis clases". Hay quien se puede mandar hacer lujosos libreros de maderas exóticas, sofisticados diseños de reconocidos diseñadores o arquitectos. Casas enteras para los libros. El arquitecto Isaac Broid diseñó una casa-librero que en vez de sostenerse con los usuales procedimientos de ingeniería, se vale de los libros para conformar la base estructural. Ojalá se construyera. Para mí, los mejores libreros son de madera, ocupan la totalidad de un muro de piso a techo, son de entrepaños pequeños a lo largo (en los espacios largos los libros tienden a caerse hacia un lado, lastimando sus puntas), a lo ancho (los libreros profundos provocan acomodos en dos pisos) y a lo alto, para no desperdiciar espacio. 

¿Y ya los leíste todos? Ante la pregunta ingenua, respuesta obvia: no todos los libros son para leerse. Bastan unas cuántas multiplicaciones para saber que hay más libros que vida: cincuenta y dos semanas al año (si suponemos que leemos en promedio un libro por semana) por sesenta años de vida (si suponemos una vida media lectora) es igual a tres mil ciento veinte libros en una vida. Apenas una biblioteca de mediano tamaño. Tal vez espacio y tiempo es lo que más se echa de menos cuando de  la biblioteca se trata. Bien dice aquella frase usual en los separadores que regalan las librerías: tantos libros y tan poco el tiempo.

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Este texto lo escribí para la publicación que se regalará durante el Foro de Ediciones Contemporáneas V Edición, que se llevará a cabo en el Museo Carrillo Gil del 7 al 9 de diciembre de 2012.
Acá está la publicación completa, aquí el programa.









lunes, 26 de marzo de 2012

Hacer libros, diseñar para mis ojos.

 Hacer libros es lo que más disfruto de mi trabajo. Pensar en el formato, elegir el diseño tipográfico, crear la estructura. Seleccionar el tipo de papel, decidir la imprenta y los procesos de producción. El tipo de encuadernación, los materiales.


El diseño es un servicio, un oficio clientelar que mantiene satisfecho al que lo solicita. Cuando desaparece la figura del cliente y se diseña para uno mismo, el compromiso es mayor y tomar decisiones cuesta más trabajo, pero es emocionante.

Acaba de salir de la imprenta el libro Siempre te amaré de Alejandro Magallanes. Un trabajo lleno de cariño, en el que participó el maestro Arturo Limón, mi impresor de cabecera, el maestro Jorge Solorio, tal vez uno de los mejores encuadernadores industriales en la ciudad de México, y mi querido equipo de trabajo: Liliana Zúñiga, Roberto Palomino, Alejandro Farfán. También siguieron el proyecto de cerca Jorge Brozón, Rafael Pachiclón Rodríguez, Danko A. Pezzi, Karina Torres, Cristin Bierle, y sobre todo el mismo Alejandro Magallanes. Recibí comentarios valiosos de todos los amigos que por trabajo o amistad nos visitan en Acapulco. Me gusta ser mi propia clienta. Cuento con el apoyo de todos ellos para decidir, elegir y saber que el objeto que preparo estará a la altura de mis ojos. Gracias a todos.





Además del diseño, hice la edición. Revisé más de 100 libretas, seleccioné los dibujos más inquietantes, los que tienen que ver con lo íntimo. Eliminé los que después se convirtieron en diseños o ilustraciones. Durante el proceso, Alejandro se preguntaba si valía la pena publicar esos dibujos personales. ¿Para qué?, me preguntaba. Él mismo se respondió en esa joya de texto que escribió para el libro y que se puede leer aquí.

Los colores del papel hacen una especie de capítulos que se forman y deforman: blanco para los dibujos que son composiciones formales, amarillo y naranja para retratos que son personajes y personajes que son retratados. En el pliego rojo está la enfermedad; el rosa lo reservé para una sección erótica casi pornográfica. El verde y azul reproducen de modo casi facsimilar dos libretas. 












El último pliego es para las ilustraciones a color. Al final está la imagen que le da el título al libro, "el gesto amargo de quien se mea en lo que ama", dice Guillermo Sheridan en el genial prólogo que escribió para Siempre te amaré. El libro se puede ver completo en la página web de Ediciones Acapulco: edicionesacapulco.mx




Nos vemos en Acapulco

Esta pequeña y bonita editorial nació hace más de un año con el nombre de Ediciones de la Galera, gracias a la insistencia y confianza de mis amigos Pedro Poitevin y Mónica Nepote. Casi al mismo tiempo, ambos me pidieron que publicara sus libros, Eco da eco de doce a doce y Hechos diversos. Ambas ediciones ya están agotadas o están a unos ejemplares de agotarse. Unos meses después, en el verano de 2011, decidí cambiar el nombre de Galera por Acapulco por varias razones: Acapulco 13 interior 7 es nuestra dirección; los amigos y clientes que nos visitan suelen decir nos vemos en Acapulco. Además tenemos una buena azotea. Me gusta que el numero exterior es el de la mala suerte y el interior es el de la buena, equilibrio surfero en Acapulco. Que las olas nos lleven a buenos puertos.


el 29 de marzo a las 19:00 horas 
a festejar la aparción de un nuevo libro



En la mesa hablarán Cristina Faesler, directora del Museo de la Ciudad de México y genial editora; Ricardo Pohlenz, escritor y crítico de arte; Daniel Guzmán, artista, dibujante y hombre que sabe hacer libros; Alejandro Magallanes y Selva Hernández. Al final habrá musica bailable programada por nuestro querido Watchavato y tequila cortesía de Alacrán.

Todos están invitados.

martes, 21 de febrero de 2012

Mínimo y simple




Hace tiempo que la ilustre poeta Mónica Nepote me invitó a participar dentro del consejo de redacción de la revista Tierra Adentro. En las reuniones de consejo platicamos, discutimos, nos divertimos. De esas lúcidas horas de charla con Elisa Corona, Luis Carlos Hurtado, Antonio Parra, Balam Rodrigo, Jezreel Salazar, Romeo Tello A., Natalia Toledo,  y la triada formada por Mónica Nepote, Rodrigo Castillo y Mauricio Salvador salió el último número, que tiene entre sus tres ejes temáticos uno dedicado al exceso de diseño que vivimos. Mínimo y simple se llama el ensayo que escribí. Está bien ilustrado con las composiciones de John Maeda, autor de The Laws of Simplicity.





En nuestra sociedad de consumo, durante los últimos cuarenta años, hemos llegado a aceptar que una gran variedad de productos necesarios e innecesarios estarán a nuestra disposición todo el tiempo. Esto ha llevado a la sobreproducción y la competencia que, a su vez, ha llevado a la virtual extinción y agotamiento de todo tipo de recursos. Si pudiera enseñarse a la gente que al reducir su consumo diario, se beneficiaría su salud y el término de vida de sus hijos y nietos incrementaría, los planificadores podrían comenzar un nuevo sistema de producción mundial.Una vez que la gente hubiera aceptado la idea de comer sencillamente y de comprar pocos productos innecesarios o ninguno, los productores y líderes de la industria podrían introducir una nueva estrategia de producción. Se basaría en el uso de menos materiales, materiales que pudieran reciclarse, y en hacer que los productos duren más.Al mismo tiempo, los líderes industriales crearían equipos de diseñadores, sociólogos, expertos en distribución y otros para planificar las formas más económicas de producción, comercialización y distribución. El diseño sólo puede jugar un rol importante si es parte de un plan económico total que esté dirigido hacia el ahorro de energía de todas las maneras posibles.

  
Peter Brattinga, El diseño en un mundo finito. El planeamiento de la producción futura, 1976

Después de leer este postulado de los años setenta sobre la sociedad de consumo y el papel del diseño en este juego de promociona-vende (ustedes los mercadólogos tienen el poder, les digo a mis alumnos de Mercadotecnia), se me ocurrió la idea de escribir una novela de ciencia ficción, una sociedad utópica. Lo malo (y lo bueno) es que ese no es mi oficio, así que dejo el primer párrafo de este ensayo por si llega un escritor aficionado a la ciencia ficción y le gusta la idea:

Imagine, lector, un mundo en el que los objetos son eternos. Su funcionamiento perfecto está sumado, en este mundo ideal, a una estética perdurable, de observación incansable. En este imaginario, los niños nunca corren peligro de muerte al usar artefactos como jarras de vidrio o estufas de gas: juegan a sus anchas, nada los detiene. Las señoritas son hermosas porque dejan fluir su belleza natural, jamás son intimidadas por los valores publicitarios porque esta práctica es innecesaria. Los hombres y las mujeres se concentran en la producción, la creación, el aprendizaje o la enseñanza. Como en todas las sociedades utópicas, las artes ocupan un lugar importante. Aquí no hay desperdicio del agua o contaminación: la naturaleza es respetada y al mismo tiempo se encuentra al servicio de la humanidad en correspondencia por el cuidado que ésta hace de sí misma. La electricidad, los insumos, el uso de los combustibles, es medido y controlado, por lo tanto inagotable. El lastre del desperdicio y la escasez está eliminado de nuestro pensamiento: existen menos preocupaciones. 
En este mundo ideal, la gente de cualquier clase social –no pretendemos eliminar las diferencias sociales- tiene acceso, de acuerdo a sus posibilidades económicas, a productos permanentes, funcionales. Los lujos barrocos del diseño exagerado, son sustituidos por una simplicidad sofisticada y preciosa. En este mundo minimal (es mínimo por que se rinde culto al no desperdicio) el cuerpo del ser humano tiene mayor importancia que el objeto. Este último queda sujeto a su cualidad servil. Por ejemplo, la ropa es diseñada para heredarse de madre a hija a través de cuatro o cinco generaciones; los automóviles también. Los muebles son reparados, jamás sustituidos. La gente consume la producción local y evita el transporte. Los héroes de nuestra sociedad, por supuesto, son los diseñadores y los productores, el conjunto de fabricantes. Aquellos visionarios, científicos de la forma, que desarrollan las cosas de uso cotidiano a través años de investigación y planeación, de pensamiento. 
Cada objeto lleva en su proceso de elaboración cúmulos de años de pensamiento ordenado, de planeación tecnológica, material y estética. Los gobiernos, conscientes de la importancia en el diseño, gastan la mayor parte del erario en la investigación para la producción de estos objetos. La fuerza de las naciones no corresponde a la abundancia de sus productos, al contrario: radica en la economía de sus gastos materiales, en el ahorro.

Lector: compre la revista. O mejor: venga a la presentación donde platicaremos con Alberto Chimal y Joaquín Rodríguez de escritura y tecnología, producción de cine en México y, como siempre, de diseño.

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lunes, 28 de noviembre de 2011

Cuarta Edición



Libros. ¿Para qué queremos tantos? ¿Para qué imprimir más y más papel? Quién sabe.

Seguramente, querido lector, estás ahora mismo pensando más de una buena razón que le asegura al libro de papel años, siglos, centurias de sobrevivencia. Pero nadie sabe nada. Las predicciones tienden a fallar, no tendría porqué ser diferente aunque se trate del libro. Queremos tanto al libro.

Cuarta Edición, el foro de editoriales contemporáneas que organiza por cuarta vez el Museo Carrillo Gil de la ciudad de México, es un espacio que se ha abierto para plantear preguntas. Además de la excelente oferta editorial que se podrá observar y, en algunos casos comprar (¡pero qué caros son los libros!), habrá una serie de mesas redondas, talleres y conferencias que arrojarán preguntas y preguntas y preguntas.

En el cuadernillo impreso está un breve texto mío del que reproduzco el primer párrafo. Se puede obtener gratuitamente en la Cuarta Edición, pero como lo virtual es lo de hoy, dejo aquí una publicación en issuu:





Cuando Thot, dios egipcio de la escritura,  las lenguas, las bibliotecas y la sabiduría, otorgó la escritura a los hombres, los demás dioses se espantaron: ¡Se volverán estúpidos! ¿Cómo aprenderán las cosas si ahora pueden escribirlas y después consultarlas? Cuando  Gutenberg aceptó que su invento no era cosa del demonio, sino una máquina de escritura artificial, los sabios se espantaron:  ¿Y las artes de la memoria?, con libros múltiples desaparecerá este arte: los hombres sin memoria se volverán estúpidos.  Ya nadie duda de que la lectura y la forma de los libros está en plena transformación, vivimos con gracia y fortuna esta época en la que los editores le ceden un pedazo de sus libros a Google books para aparecer en el mercado. Si no estás en Internet, no existes, me hace algunos años el director de una biblioteca con fondos antiguos, dedicado  en vida y alma a preservar los tesoros bibliográficos en México. Estamos en el mercado equivocado,  hay que aprender a diseñar páginas web, a hacer arquitectura de la información, e-books ¡los libros están muriendo!, le dije alguna vez de espanto a un diseñador editorial. No hay que preocuparse, me dijo. Los que van a sobrevivir son los libros como los que hacemos nosotros: los libros bonitos.

Las respuestas tienden a arrojar la fórmula del objeto. Si los libros ya no son el mejor de los contenedores de la información, lo que le queda es la forma: textos e imágenes (siempre imágenes) que se arraigan en la forma, inseparables de su objeto, de su diseño. Ya veremos. Qué curiosidad de futuro.

Y para libros bonitos, los del país invitado: Holanda.

http://cuarta-edicion.blogspot.com/2011/11/editoriales-internacionales.html

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lunes, 29 de agosto de 2011

Coincidencias

El fin de semana me regalaron Erdera, de Gerardo Deniz. Al abrirlo al azar por primera vez, salió este poema. Lo leyeron para mí en voz alta, cuánta coincidencia.


EXLIBRIS CON ESTRAMBOTE

Gerardo Deniz


“Soy uno [un libro]

donde deberíamos ser varios,

más bien muchos afines.

“Debería ser de varios,

más bien de todos,

pero es que sólo a uno por acá

le intereso;

por eso me compró

con sus globulinas séricas

mientras pudo pagar ese poco.

“Debería estar en una biblioteca

aunque realmente ¿paqué?”


(Sólo preveo, razonable.

la dispersión,

la venta al peso,

librerías de viejo. ¿San Luis Potosí

a.d. 2049?

–Mira,

una gramática Armenia. Y el exlibris

–¿Firmada? –Sí, T. Alunle

o parecido, 1965.

–Alguien que vino con Maximiliano

–Dije novecientos.

–Ah, entonces

cualquier lacayo del imperialismo.)

domingo, 5 de junio de 2011

La letra A

Para Alejandro, diseñador de tantas A.

La revista Tierra Adentro dedicó su último número al arte de la letra. Reunió imágenes y textos que hablan de los que nos dedicamos a dar forma a las palabras. Algunos de mis mejores colegas aparecieron en forma de texto o de imagen, otros hicimos estudios del oficio de la tipografía, casi declaraciones de amor. De mi extenso cúmulo de letras, quedó fuera esta breve nota sobre el origen de la A. Espero que la disfrutes, no dejes de comprar la revista, cuesta cincuenta pesitos.
Aquí puedes leer todo el ensayo, las imágenes, ejercicios de tipografía de mis alumnos de licenciatura, las puedes ver aquí.






Letra dibujada, letra impresa
La letra es la unidad básica del tipógrafo. Pequeñas unidades de forma compleja cuya disposición de líneas, curvas y rectas, ha sido convenida por los hombres con el paso de los siglos. Su diseño individual está dotado de características minuciosas; pequeños detalles que la diferencian de las demás y que permiten su decodificación fonética. Cuando un niño distingue por primera vez los rasgos de las letras de su nombre se sorprende ante la indiscutible verdad: esa combinación de caracteres con rasgos específicos, dice su nombre y no otra cosa. Lo mismo sucede cuando ese niño obtiene la experiencia de descifrar algún letrero en la calle. Sorpresa.





La letra de imprenta, despojada de la imprecisión de la mano, comenzó a diseñarse a partir de Gutenberg. En el inicio se grabaron los mismos caracteres góticos de los códices manuscritos sobre un pequeño pedazo de madera para fundir varios moldes en metal de una misma letra. De este molde o fuente surge el bonche de letras necesarias para formar una página. El diseño de estas piezas sólidas se enfrentó con un impedimento físico: la posibilidad de traslapar una letra sobre la otra. En la letra escrita es posible variar la distancia entre las letras de cada palabra y cada párrafo, en la letra de imprenta no.

El origen de la forma de cada letra, cifra y símbolo del alfabeto latino es un misterio. ¿Cómo es que un símbolo como el que representa al fonema “A” (primera voz que sale de la boca de un infante) haya derivado en esa forma, por poner un ejemplo? En su Prehistoria del alfabeto (Academia Nacional de Ciencias, México, 1956) Gutierre Tibón habla del buey como principio fonético de los albores de la civilización: el hombre domestica a la vaca, al buey, obtiene su carne y su leche. “Aaaa” es la respuesta del animal: el álef fenicio. Los cuernos de la vaca y la estilización de su cabeza, son también símbolo de la lactancia y maternidad. Siglos antes, los asirios ya representaban a la mujer con un triángulo invertido (representación del pubis) formado por su trazo de cuña; curioso es que la forma de la V no esté tan asociada con el reino femenino de la A.



Del libro ¿Con qué rima tima? de Alejandro Magallanes.

Un día esa forma púbica se transformó en vaca, siglos después en luna menguante. Fue inevitable para la pre escritura latina ligar a la vaca y la luna con el ciclo menstrual y la función femenina de amamantar. La nursery rhyme inglesa del siglo diecinueve nos recuerda el vínculo entre la A y su gestación de lo femenino cada vez que la vaca salta sobre la luna.

High diddle diddle,
The Cat played the Fiddle,

The Cow jump'd over the Moon,

The little dog laugh'd to see such Craft,

And the Dish ran away with the Spoon.


Los latinos giraron 180 grados a esa luna, vaca, mujer y se transformó en la A que conocemos. Según cuentan Gregorio R. Salvador y Juan R. Lodares en su entretenida obra Historia de las letras (Espasa, España, 1996) “En ese viaje zigzagueante egipcio-semítico-fenicio-griego-etrusco-latino van todas las letras latinas, encabezadas por la A mayúscula, porque la minúscula vino después.” La forma de la A latina mayúscula es inscrita para siempre con esa forma majestuosa y triunfante en el túmulo del emperador romano Trajano. Si el cincel fue el instrumento y el mármol el soporte de la escritura, es a estas dos herramientas a las que se le debe la forma con remates o patines debajo de las astas de la A. Este es una de las hipótesis acerca del origen de las misteriosas patas, serifas, que acompañan a las letras romanas y que tienen la virtud de facilitar la lectura por esa cualidad de volver el sinuoso dibujo inferior de las letras formadas una detrás de la otra en una línea horizontal.





Del libro ¿Con qué rima tima? de Alejandro Magallanes.


Entre este alfabeto trajano y las letras fundidas de Aldo Manucio hubo casi quince siglos de transformaciones manuscritas de la letra. Los calígrafos romanos con su cálamo y tinta preservaron las serifas, pero eliminaron los trazos que les parecieron ociosos para las obras de escritura rápida. Surgieron las minúsculas. Antes del gran primer congreso tipográfico celebrado en la acuosa Aquisgrán por el emperador Carlomagno, la letra romana variaba de pueblo enpueblo y su interpretación era complicada, no importaba: pocos eran los lectores. Pero sí importó cuando el emperador notó que la forma también era interpretable y que transformaba inevitablemente el contenido. Al notar que la lectura de las Sagradas Escrituras variaban según sus formas de escritura, el emperador reunió a los mejores calígrafos y a los grandes eruditos para discutir sobre el modo de definir una manera única para escribir los textos sagrados. Se trata del reconocimiento del oficio como factor determinante del conocimiento. Calígrafo-Sabio como gran unidad. Esta dualidad, concentrada antes en una sola persona, el escriba que en todas las culturas antiguas fue el símbolo del poder que da el conocimiento, se perdió en algún lugar de la vida industrial del siglo XIX y cedió su poder al editor, el responsable de los textos que se publican. Irónico es que algunas publicaciones ahora deslindan al editor de la responsabilidad del contenido de los textos en esas letras pequeñas que aparecen después del directorio.

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Dedico estas letras sobre la letra A a mi querido amigo y genial diseñador Alejandro Magallanes, que acaba de publicar su libro de poesía ¿Con qué rima tima? en editorial Almadía. Este jueves 6 de junio a las 19:30 es la presentación, en la galería Vértigo, Colima 23-A, colonia Roma, en la ciudad de México.

Si puedes ir, no faltes.

jueves, 21 de abril de 2011

Regalo de cumpleaños

Para Jaime, mi padre

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Recientemente mi biblioteca se redujo considerablemente. Nuestra biblioteca se convirtió en mi biblioteca; sin la parte nuestra, muchos de mis libros favoritos se cambiaron de casa. Lloré mucho por los libros perdidos, el apego. Pero cosas son cosas y no son más que cosas. No los necesitas, alguien me dijo a manera de consuelo. Si hay algo que no te hace falta, son libros, me dijo otro amigo.

He estado postergando el arreglo de la biblioteca y los libros que me quedaron. Decidí deshacerme de casi todo y quedarme sólo con lo esencial. Para qué quiero tanto papel, pensé. Entonces llegó este regalo.

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Muchos saben que la caligrafía tomó un fuerte impulso luego de la invención de la imprenta. Este invento, que se proyectó como una máquina capaz de reproducir la escritura de manera artificial, provocó desconfianza. Si los documentos podían multiplicarse, nada más fiable que la letra manuscrita. Los escribanos, notarios del siglo XVI, además de saber de leyes, tenían que dominar el arte de la buena escritura: con su puño y letra dejaban constancia de la legalidad de cada documento. De esa época hay algunos ex libris, hermosas cartelas barrocas que rodean el nombre manuscrito de su propietario, tal como la firma que cada quien deja como constancia en documentos importantes: contratos, convenios, cartas, cheques.



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El acto de la escritura manuscrita implica además un proceso psicológico: la mente se transmite hacia el papel a través de la pluma en forma de arcos, curvas, ascendentes, descendentes, tildes, puntos, ritmo, espaciado, perfil, con el peso de la pluma en cada trazo. Mis alumnos se quejan invariablemente de que los ensayos que escriben para mi curso de Historia del Diseño deban entregarse escritos a mano. Es para ejercitar los músculos que se atrofian con el estudio de estas carreras, arguyo. Además me gusta conocerlos primero por sus letras y después por sus nombres. Y es verdad. Conozco el caso de dos que se enamoraron por la belleza de sus firmas, o el de aquel al que le negaron un trabajo por lo intrincado de su rúbrica. La caligrafía domina las formas provocadas por la psique a favor de una escritura de bellos rasgos, pareja y suelta, aunque no siempre legible.

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Todo esto lo escribo para agradecer la hermosa edición de 1840 que mi padre me regaló de cumpleaños: Album Calligrafico. Trattato storico teorico pratico del bello scrivere compilatto ed eseguito a penna da Giuseppe Bertolla. Calligrafo di Camara di S. A. R. Il Duca de Lucca. Este libro me recordará la escritura en los actos notariales, en memoria de los libros perdidos.

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domingo, 20 de junio de 2010

Mayo de 1997

Hace muchos años publicaba junto con José Luis Lugo, La Galera, Revista de Bibliofilia y Arte. El número trece, dedicado al coleccionismo, ilustrado con animales y Saturnino Herrán, dedicamos la entrevista a Carlos Monsiváis. Nos citó en su famosa casa de la colonia Portales un sábado por la tarde. Fuimos Jotavé, la caricaturista, Jorge Navarijo, el periodista dedicado a las entrevistas, y nosotros, los editores. Pasamos con él un par de horas en un pequeño estudio lleno de papeles y gatos. Mis ojos se movían entre los libreros que guardaban en desorden varios de los libros ilustrados que yo quería tener: Miguel Covarrubias, Gabriel Fernández Ledesma, Carlos Mérida y Julio Ruelas, son los que recuerda la fotografía de mi memoria. Coincidimos muchas veces después de eso, en las ferias de libro, en proyectos profesionales, cuando necesité consultar su archivo y colecciones. Siempre fue amable y generoso. El día de la entrevista, Carlos Monsiváis dijo que le daba mucho gusto conocerme. Hasta pensé ponerlo en mi currículum; y es que lo dijo de veras.

Ayer Jorge Navarijo me mandó la entrevista junto con una nota para que la publicara en este espacio, a manera de brevísimo homenaje.




  • Caricatura de Jotavé.


    Entrevista con Carlos Monsiváis
    No me propuse ser coleccionista, me veo como un “acaparador”

    JORGE E. NAVARIJO / Revista
    La Galera, Junio 1997

    Es el más popular entre los cronistas de nuestro quehacer nacional (si es que hay otros). Referencia obligada en casi todos los temas debatibles; crítico implacable; intelectual apasionado por la cultura popular, Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938) es también un bibliófilo voraz y un coleccionista amateur de todo lo que le permita mantener un diálogo con el pasado para explicarse a sí mismo y para explicarnos a todos.

    Originario de Portales, la colonia donde ha vivido y reinado toda su vida, rechaza que se le tome en serio como “coleccionista” y argumenta que su desorden le impide serlo. Sin embargo, admite que esta actividad es una forma de sabiduría, aunque él se encuentre “exento de esta cualidad”. Asimismo, advierte que en nuestros días, los amantes del libro están en riesgo de convertirse en una especie en extinción y llama a preservar esta afición.

    Antes de comenzar la entrevista, Monsiváis interroga a los miembros del equipo de La galera acerca de quiénes somos, qué estudiamos y a qué nos dedicamos. Superado este “trámite”, se inicia la conversación:

    --¿Qué es primero, el cronista o el coleccionista?

    --Bueno, propiamente no me veo como un coleccionista, me veo como un acaparador, que es una situación diferente.

    Yo no me propuse ser coleccionista. No tengo el sistema, la catalogación o la pasión taxonómica de un coleccionista, pero sí una avidez enorme por adquirir lo que me importa: grabados, libros, dibujos, caricaturas, arte popular, fotografía, discos… En un principio fue simplemente el gusto de tener todo esto que ahora es muy caro, pero que no lo era antes.

    Por lo que he visto, el coleccionista es algo mucho más riguroso que eso, y esa falta de rigor, mezclada con la avidez, en mi caso empezó desde los tiempos de la preparatoria. Antes leía mucho, pero no me había dado cuenta del sentido de extender esas constancias del conocimiento, que son los libros, y esa necesidad expresiva que es la biblioteca, hacia el coleccionismo. En mi casa no había una costumbre previa de coleccionistas y si un libro había era la Biblia.

    --Entonces esto comenzó por los libros…

    --Sí, me interesaban la poesía, la novela, la historia, pero no me preocupaba por las primeras ediciones. No partí del coleccionismo para llegar a las admiraciones, más bien partí de las admiraciones para llegar al coleccionismo. Era muy descreído de los valores simbólicos y era muy ajeno al fetichismo. Con la edad fui ganando en fetichismo y en manía canónica; ahora me preocupan las primeras ediciones y un libro autografiado por (Salvador) Díaz Mirón o por Guillermo Prieto se vuelve invaluable.

    Esa “pasión poseedora” que, como dice Monsiváis, lo lleva a uno a gozar la relación con los muertos en un autógrafo, una foto, o en el culto-aprisionamiento de un libro escrito o ilustrado por alguien a quien uno admira se materializa en su estudio: en una pared se encuentra el dibujo que Ricardo Martínez realizó para la primera edición (1953) de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. “Para mí esto es invaluable no sólo por el excelente trabajo de Martínez. Está ahí la letra de Rulfo con el principio de la novela mexicana que más admiro”.

    --Pareciera que en todo esto hay una obsesión por la permanencia…

    --Para mí la relación con el pasado es algo muy importante y que ciertamente puede volverse obsesiva. De pronto tengo contacto con la época de los años veinte o los cincuenta de este siglo, entonces busco libros, fotos, porque tengo la necesidad de realizar un viaje intrahistórico o por una manía adquisitiva, ya no de objetos sino de sentidos del pasado.

    Pero, insisto, yo no tengo orden y en ese sentido no puedo ser un buen coleccionista. Mi casa es un reflejo de mi desorden y una casa de coleccionista, en sentido estricto, tiene que tener secciones disciplinadas, no sólo dedicadas a la obtención y el despliegue de objetos, sino también en su defensa contra la incuria o el descuido, y ese no es mi caso.


    ***

    Además de los libros, otras importantes manifestaciones del coleccionismo febril de Monsiváis han sido la fotografía, la pintura y desde luego, la caricatura y el arte popular, del que sobresalen sus colecciones de carteles, calendarios y luchadores. Desde que en los años setentas adquirió un lote de ilustraciones de Miguel Covarrubias, ha reunido obras de Julio Ruelas, Roberto Montenegro, Leopoldo Méndez, Francisco Toledo, Ernesto El Chango Cabral, Gabriel Vargas, Abel Quezada, Andrés Audiffred y Alberto Isaac, entre muchos otros.

    Del siglo pasado tiene varios ejemplares de las revistas La Orquesta y El Ahuizote.

    El autor de Escenas de pudor y liviandad cuenta que su interés por la caricatura se remonta a sus lecturas de Don Timorato (revista que apareció en 1944) y que tras “quedar a merced de la pasión por coleccionarla”, actualmente continúa con la obra de moneros como Rius, Naranjo, Helioflores, Magú, El Fisgón, Helguera, Rocha, Ahumada, Falcón, Jis y Trino. En 1995, parte de esta colección se presentó bajo el título Aire de familia en el Museo de Arte Moderno, de Chapultepec.

    Sin embargo, Monsiváis insiste en definirse como un “coleccionista amateur” y asegura: “No es un trabajo exhaustivo, pero sí ha tomado tiempo, y si no tengo la colección que deseaba es la que he tenido al alcance de mis medios. Aún me faltan obras de José Clemente Orozco, de Rafael Araiza, de Ariel Fernal… El gusto por el coleccionismo en ese sentido es insaciable. Siempre hay alguna obra que se quisiera tener y siempre la pequeña o terrible contrariedad de no poseerla”.


    Elogio de la nostalgia


    Como todos los de su época, en sus tiempos de preparatoriano Monsiváis compraba libros en la calle de Donceles y en el mercado de La Lagunilla. “Visitar esos lugares con el escasísimo dinero que tenía, era para mí la representación del gozo. Mi consejero era don Artemio del Valle Arizpe, a quien frecuentaba todos los domingos y quien me regalaba sus libros repetidos o que no le interesaban. Me hacía muchas recomendaciones, que yo tomaba muy en cuenta. En esa época leí muchas cosas que yo no entendía en absoluto, pero que me parecían muy importantes porque él me lo decía.

    “También, desde muy joven visitaba la librería Porrúa, que era magnífica y en la que era posible encontrar a las ‘grandes figuras’, como Salvador Novo, a las que no me atrevía a hablarles. Aquél era un mundo de una obsesión cultural y de una sedimentación literaria que ya no existe. Ahora hay otras cosas: uno navega por Internet y tiene acceso a lo que entonces te deparaba la fortuna de las conversaciones; pero en aquella época el hallazgo de una plática era arribar a autores, perspectivas, gustos, a una cultura.

    “Esa vida literaria traía como complemento o consecuencia la formación de grandes bibliotecas, especialmente de la gente muy conservadora. Yo entonces era militante de la Juventud Comunista y no me parecía compatible el ideario de los conservadores, pero admiraba muchísimo su pasión cultural. Creo que la gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural; la política se analfabetizó en cierto sentido y esos abogados conservadores que sostenían los puntos de vista más aberrantes sobre la vida social y la justicia de nuestro país, eran al mismo tiempo los grandes museógrafos y los cultivadores de un pasado extraordinario. Ahora vivimos un momento muy ligado al auge de la tecnología, de descuido y desprecio por el libro, y los bibliófilos son una especie en extinción.

    La gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural. La política se analfabetizó

    “Hoy la relación con el pasado se da a través de tantas especializaciones, que ya es demasiado específica. El crecimiento de la industria académica ha fragmentado al infinito esa relación, pero todavía en los cincuentas era una relación panorámica y eso para mí fue una lección inapreciable e inolvidable: ver cómo discutían una edición, ver cómo don Artemio enviaba sus libros a encuadernar a Holanda; ver cómo Felipe Teixidor hacía una referencia con la que contestaba a una nota de la marquesa Calderón de la Barca, era entender la enorme vitalidad y el gusto por el detalle que hace de la relación con el pasado algo tan fundamental”.

    --¿Qué pasó entonces con esos libreros y esos escritores?

    --Yo creo que todo se acabó, desapareció borrado por la fiebre de la modernización. Pero aún quedan algunos libreros que son un remanente de esa tradición, la de aquellos que sabían de qué se les hablaba, que tenían idea de los gustos del cliente, que entablaban una relación dual con él y con sus gustos. Las librerías de hoy son supermercados, los libreros especializados casi no existen y como ya hay un desahucio sicológico del libro, se parte de la base de que el librero especializado es más un taxidermista, un curador, que un especialista.

    --¿Diría usted que estamos ante un fin de la nostalgia por esa época?

    --Desde luego no de mi parte, pero yo no veo que nadie se queje de la desaparición de los libreros, salvo aquellos que nos formamos en el culto por el diálogo con ellos.

    --¿Y es posible rescatar esto?

    --No lo sé, la tecnología y la demografía van en contra. Hay demasiada gente y una dependencia excesiva de la computadora, todo eso tiende a la supresión. Un librero que sí se relacione con sus clientes es una rareza y seguramente la suya es una actitud impráctica, porque demostraría que tiene muy pocos clientes y que su librería está en vías de desaparecer.

    --¿Esa sentencia también apunta hacia la extinción de los libreros de tianguis, como los de La Lagunilla o Plaza del Ángel?

    --La Lagunilla es muestra de una actitud heroica de cómo sobrevivir al embate de la fayuca. Creo que dentro de unos años quedará muy poco de la vieja Lagunilla y sus personajes memorables. Libreros y público persisten, pero no han crecido al ritmo demográfico. En cambio, presenciamos cómo los coleccionistas del rock están en auge: el rock es el nuevo almacén de antigüedades.

    --En su opinión, ¿Cuál es el deber de nuestra generación, la de aquellos que tenemos entre 20 y 30 años, para contrarrestar esto?

    -- En el sentido de evitarlo, no queda nada. Queda en el sentido de preservar gustos. Una minoría que los preserva y los cultiva, que explica la racionalidad de su actitud y defiende sus predilecciones, siempre será una minoría con grandes probabilidades de éxito, en la medida en que la pluralidad del gusto permitirá también esas excepciones. Ir contra la tendencia depredadora me parece absurdo y rendirse ante ésta me parece todavía peor. Lo que queda es aceptar que uno es minoría y que esa minoría tiene derecho cabal de existir y que además se está dirigiendo a un público en verdad conocedor, que apreciará ese esfuerzo y con el cual se podrá mantener un diálogo.

    --Al hablar de usted, algunos lo han llamado “El sabio Monsiváis”… ¿Son el coleccionismo y la bibliofilia formas de encaminarse a la sabiduría?

    --De eso estoy completamente seguro. Que yo no sea un sabio no quiere decir que no admita y no proclame la sabiduría de los grandes bibliófilos. Hablar con Teixidor era uno de los placeres intelectuales más precisos que recuerdo, o asistir –así fuera en calidad de piedra- a esas tertulias de los Porrúa, que eran espléndidos bibliófilos.

    --¿Cuáles son los libros que a lo largo de tantos años de lector conserva como sus “joyas” de biblioteca?

    --Casi nada. De todo lo que compré de niño, entre los 10 y los 16 años, que fue mucho, lo sustituí por ediciones decorosas. Los libros que queden serán excepcionales.

    --¿Y de lo que ha comprado ahora?

    --Todo lo que he estado comprando sobre grabado del siglo XIX, que publicó Ignacio Cumplido, me parece maravilloso.

    --A pesar de lo que nos ha dicho, algunos se preguntarán qué fin específico tiene el reunir todo esto. ¿Hay placer hacia lo que significa el objeto y hacia lo que aporta?

    -- Es muy difícil describir los deleites. Se tienen, se gozan, se aprovechan, pero si uno intenta describirlos, siente que agota el misterio. Una relación utilitaria no tengo con estos materiales, ninguna. Tampoco una relación oportunista, de aprovechamiento, para solidarizarme con el mundo intelectual.

    Es una actitud de gozo, de respeto, de ironía protectora y de gusto por encontrarme con mentalidades tan ajenas, tan distintas y al mismo tiempo tan cercanas. Es por el gusto de saber que uno puede disponer de sus predilecciones y que van a estar ahí todo el tiempo.

    --Por último, entre tantas colecciones, pudiera pensarse que todos los meses inicia una nueva….

    --De ninguna manera, una colección sólo se le ocurre a alguien cuando ya no puede evitarlo. Es un compromiso y un compromiso se adquiere meditadamente, porque tampoco tiene sentido de pronto decir “ahora voy a coleccionar máscaras de Zedillo”.

    --A propósito, ¿en 50 años habrá quien coleccione todas esas figuritas de Carlos Salinas?

    --Sin duda alguna, ya hay quien tiene su museo.

    Monsiváis coleccionista, casi un pleonasmo.

    Esta entrevista a Monsi tiene 13 años. La hicimos en un mes de mayo, en el estudio del cronista en la colonia Portales, cuatro jóvenes que entonces realizábamos la revista La Galera. Nosotros, entusiasmados por conocerlo, fuimos desarmados cuando nos dijo que a él le emocionaba más que estuviéramos ahí. Era un sábado lluvioso. Hablamos con él dos horas de sus libros y colecciones. Hoy, 13 años después, Monsiváis se ha ido. Lo vamos a recordar husmeando en los tianguis de viejo, mirando libros, grabados, objetos. Este es otro sábado lluvioso, lento, triste. Salud por el “acaparador” de obsesiones (19/VI/2010).