domingo, 5 de junio de 2011

La letra A

Para Alejandro, diseñador de tantas A.

La revista Tierra Adentro dedicó su último número al arte de la letra. Reunió imágenes y textos que hablan de los que nos dedicamos a dar forma a las palabras. Algunos de mis mejores colegas aparecieron en forma de texto o de imagen, otros hicimos estudios del oficio de la tipografía, casi declaraciones de amor. De mi extenso cúmulo de letras, quedó fuera esta breve nota sobre el origen de la A. Espero que la disfrutes, no dejes de comprar la revista, cuesta cincuenta pesitos.
Aquí puedes leer todo el ensayo, las imágenes, ejercicios de tipografía de mis alumnos de licenciatura, las puedes ver aquí.






Letra dibujada, letra impresa
La letra es la unidad básica del tipógrafo. Pequeñas unidades de forma compleja cuya disposición de líneas, curvas y rectas, ha sido convenida por los hombres con el paso de los siglos. Su diseño individual está dotado de características minuciosas; pequeños detalles que la diferencian de las demás y que permiten su decodificación fonética. Cuando un niño distingue por primera vez los rasgos de las letras de su nombre se sorprende ante la indiscutible verdad: esa combinación de caracteres con rasgos específicos, dice su nombre y no otra cosa. Lo mismo sucede cuando ese niño obtiene la experiencia de descifrar algún letrero en la calle. Sorpresa.





La letra de imprenta, despojada de la imprecisión de la mano, comenzó a diseñarse a partir de Gutenberg. En el inicio se grabaron los mismos caracteres góticos de los códices manuscritos sobre un pequeño pedazo de madera para fundir varios moldes en metal de una misma letra. De este molde o fuente surge el bonche de letras necesarias para formar una página. El diseño de estas piezas sólidas se enfrentó con un impedimento físico: la posibilidad de traslapar una letra sobre la otra. En la letra escrita es posible variar la distancia entre las letras de cada palabra y cada párrafo, en la letra de imprenta no.

El origen de la forma de cada letra, cifra y símbolo del alfabeto latino es un misterio. ¿Cómo es que un símbolo como el que representa al fonema “A” (primera voz que sale de la boca de un infante) haya derivado en esa forma, por poner un ejemplo? En su Prehistoria del alfabeto (Academia Nacional de Ciencias, México, 1956) Gutierre Tibón habla del buey como principio fonético de los albores de la civilización: el hombre domestica a la vaca, al buey, obtiene su carne y su leche. “Aaaa” es la respuesta del animal: el álef fenicio. Los cuernos de la vaca y la estilización de su cabeza, son también símbolo de la lactancia y maternidad. Siglos antes, los asirios ya representaban a la mujer con un triángulo invertido (representación del pubis) formado por su trazo de cuña; curioso es que la forma de la V no esté tan asociada con el reino femenino de la A.



Del libro ¿Con qué rima tima? de Alejandro Magallanes.

Un día esa forma púbica se transformó en vaca, siglos después en luna menguante. Fue inevitable para la pre escritura latina ligar a la vaca y la luna con el ciclo menstrual y la función femenina de amamantar. La nursery rhyme inglesa del siglo diecinueve nos recuerda el vínculo entre la A y su gestación de lo femenino cada vez que la vaca salta sobre la luna.

High diddle diddle,
The Cat played the Fiddle,

The Cow jump'd over the Moon,

The little dog laugh'd to see such Craft,

And the Dish ran away with the Spoon.


Los latinos giraron 180 grados a esa luna, vaca, mujer y se transformó en la A que conocemos. Según cuentan Gregorio R. Salvador y Juan R. Lodares en su entretenida obra Historia de las letras (Espasa, España, 1996) “En ese viaje zigzagueante egipcio-semítico-fenicio-griego-etrusco-latino van todas las letras latinas, encabezadas por la A mayúscula, porque la minúscula vino después.” La forma de la A latina mayúscula es inscrita para siempre con esa forma majestuosa y triunfante en el túmulo del emperador romano Trajano. Si el cincel fue el instrumento y el mármol el soporte de la escritura, es a estas dos herramientas a las que se le debe la forma con remates o patines debajo de las astas de la A. Este es una de las hipótesis acerca del origen de las misteriosas patas, serifas, que acompañan a las letras romanas y que tienen la virtud de facilitar la lectura por esa cualidad de volver el sinuoso dibujo inferior de las letras formadas una detrás de la otra en una línea horizontal.





Del libro ¿Con qué rima tima? de Alejandro Magallanes.


Entre este alfabeto trajano y las letras fundidas de Aldo Manucio hubo casi quince siglos de transformaciones manuscritas de la letra. Los calígrafos romanos con su cálamo y tinta preservaron las serifas, pero eliminaron los trazos que les parecieron ociosos para las obras de escritura rápida. Surgieron las minúsculas. Antes del gran primer congreso tipográfico celebrado en la acuosa Aquisgrán por el emperador Carlomagno, la letra romana variaba de pueblo enpueblo y su interpretación era complicada, no importaba: pocos eran los lectores. Pero sí importó cuando el emperador notó que la forma también era interpretable y que transformaba inevitablemente el contenido. Al notar que la lectura de las Sagradas Escrituras variaban según sus formas de escritura, el emperador reunió a los mejores calígrafos y a los grandes eruditos para discutir sobre el modo de definir una manera única para escribir los textos sagrados. Se trata del reconocimiento del oficio como factor determinante del conocimiento. Calígrafo-Sabio como gran unidad. Esta dualidad, concentrada antes en una sola persona, el escriba que en todas las culturas antiguas fue el símbolo del poder que da el conocimiento, se perdió en algún lugar de la vida industrial del siglo XIX y cedió su poder al editor, el responsable de los textos que se publican. Irónico es que algunas publicaciones ahora deslindan al editor de la responsabilidad del contenido de los textos en esas letras pequeñas que aparecen después del directorio.

***















Dedico estas letras sobre la letra A a mi querido amigo y genial diseñador Alejandro Magallanes, que acaba de publicar su libro de poesía ¿Con qué rima tima? en editorial Almadía. Este jueves 6 de junio a las 19:30 es la presentación, en la galería Vértigo, Colima 23-A, colonia Roma, en la ciudad de México.

Si puedes ir, no faltes.

jueves, 21 de abril de 2011

Regalo de cumpleaños

Para Jaime, mi padre

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Recientemente mi biblioteca se redujo considerablemente. Nuestra biblioteca se convirtió en mi biblioteca; sin la parte nuestra, muchos de mis libros favoritos se cambiaron de casa. Lloré mucho por los libros perdidos, el apego. Pero cosas son cosas y no son más que cosas. No los necesitas, alguien me dijo a manera de consuelo. Si hay algo que no te hace falta, son libros, me dijo otro amigo.

He estado postergando el arreglo de la biblioteca y los libros que me quedaron. Decidí deshacerme de casi todo y quedarme sólo con lo esencial. Para qué quiero tanto papel, pensé. Entonces llegó este regalo.

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Muchos saben que la caligrafía tomó un fuerte impulso luego de la invención de la imprenta. Este invento, que se proyectó como una máquina capaz de reproducir la escritura de manera artificial, provocó desconfianza. Si los documentos podían multiplicarse, nada más fiable que la letra manuscrita. Los escribanos, notarios del siglo XVI, además de saber de leyes, tenían que dominar el arte de la buena escritura: con su puño y letra dejaban constancia de la legalidad de cada documento. De esa época hay algunos ex libris, hermosas cartelas barrocas que rodean el nombre manuscrito de su propietario, tal como la firma que cada quien deja como constancia en documentos importantes: contratos, convenios, cartas, cheques.



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El acto de la escritura manuscrita implica además un proceso psicológico: la mente se transmite hacia el papel a través de la pluma en forma de arcos, curvas, ascendentes, descendentes, tildes, puntos, ritmo, espaciado, perfil, con el peso de la pluma en cada trazo. Mis alumnos se quejan invariablemente de que los ensayos que escriben para mi curso de Historia del Diseño deban entregarse escritos a mano. Es para ejercitar los músculos que se atrofian con el estudio de estas carreras, arguyo. Además me gusta conocerlos primero por sus letras y después por sus nombres. Y es verdad. Conozco el caso de dos que se enamoraron por la belleza de sus firmas, o el de aquel al que le negaron un trabajo por lo intrincado de su rúbrica. La caligrafía domina las formas provocadas por la psique a favor de una escritura de bellos rasgos, pareja y suelta, aunque no siempre legible.

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Todo esto lo escribo para agradecer la hermosa edición de 1840 que mi padre me regaló de cumpleaños: Album Calligrafico. Trattato storico teorico pratico del bello scrivere compilatto ed eseguito a penna da Giuseppe Bertolla. Calligrafo di Camara di S. A. R. Il Duca de Lucca. Este libro me recordará la escritura en los actos notariales, en memoria de los libros perdidos.

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domingo, 20 de junio de 2010

Mayo de 1997

Hace muchos años publicaba junto con José Luis Lugo, La Galera, Revista de Bibliofilia y Arte. El número trece, dedicado al coleccionismo, ilustrado con animales y Saturnino Herrán, dedicamos la entrevista a Carlos Monsiváis. Nos citó en su famosa casa de la colonia Portales un sábado por la tarde. Fuimos Jotavé, la caricaturista, Jorge Navarijo, el periodista dedicado a las entrevistas, y nosotros, los editores. Pasamos con él un par de horas en un pequeño estudio lleno de papeles y gatos. Mis ojos se movían entre los libreros que guardaban en desorden varios de los libros ilustrados que yo quería tener: Miguel Covarrubias, Gabriel Fernández Ledesma, Carlos Mérida y Julio Ruelas, son los que recuerda la fotografía de mi memoria. Coincidimos muchas veces después de eso, en las ferias de libro, en proyectos profesionales, cuando necesité consultar su archivo y colecciones. Siempre fue amable y generoso. El día de la entrevista, Carlos Monsiváis dijo que le daba mucho gusto conocerme. Hasta pensé ponerlo en mi currículum; y es que lo dijo de veras.

Ayer Jorge Navarijo me mandó la entrevista junto con una nota para que la publicara en este espacio, a manera de brevísimo homenaje.




  • Caricatura de Jotavé.


    Entrevista con Carlos Monsiváis
    No me propuse ser coleccionista, me veo como un “acaparador”

    JORGE E. NAVARIJO / Revista
    La Galera, Junio 1997

    Es el más popular entre los cronistas de nuestro quehacer nacional (si es que hay otros). Referencia obligada en casi todos los temas debatibles; crítico implacable; intelectual apasionado por la cultura popular, Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938) es también un bibliófilo voraz y un coleccionista amateur de todo lo que le permita mantener un diálogo con el pasado para explicarse a sí mismo y para explicarnos a todos.

    Originario de Portales, la colonia donde ha vivido y reinado toda su vida, rechaza que se le tome en serio como “coleccionista” y argumenta que su desorden le impide serlo. Sin embargo, admite que esta actividad es una forma de sabiduría, aunque él se encuentre “exento de esta cualidad”. Asimismo, advierte que en nuestros días, los amantes del libro están en riesgo de convertirse en una especie en extinción y llama a preservar esta afición.

    Antes de comenzar la entrevista, Monsiváis interroga a los miembros del equipo de La galera acerca de quiénes somos, qué estudiamos y a qué nos dedicamos. Superado este “trámite”, se inicia la conversación:

    --¿Qué es primero, el cronista o el coleccionista?

    --Bueno, propiamente no me veo como un coleccionista, me veo como un acaparador, que es una situación diferente.

    Yo no me propuse ser coleccionista. No tengo el sistema, la catalogación o la pasión taxonómica de un coleccionista, pero sí una avidez enorme por adquirir lo que me importa: grabados, libros, dibujos, caricaturas, arte popular, fotografía, discos… En un principio fue simplemente el gusto de tener todo esto que ahora es muy caro, pero que no lo era antes.

    Por lo que he visto, el coleccionista es algo mucho más riguroso que eso, y esa falta de rigor, mezclada con la avidez, en mi caso empezó desde los tiempos de la preparatoria. Antes leía mucho, pero no me había dado cuenta del sentido de extender esas constancias del conocimiento, que son los libros, y esa necesidad expresiva que es la biblioteca, hacia el coleccionismo. En mi casa no había una costumbre previa de coleccionistas y si un libro había era la Biblia.

    --Entonces esto comenzó por los libros…

    --Sí, me interesaban la poesía, la novela, la historia, pero no me preocupaba por las primeras ediciones. No partí del coleccionismo para llegar a las admiraciones, más bien partí de las admiraciones para llegar al coleccionismo. Era muy descreído de los valores simbólicos y era muy ajeno al fetichismo. Con la edad fui ganando en fetichismo y en manía canónica; ahora me preocupan las primeras ediciones y un libro autografiado por (Salvador) Díaz Mirón o por Guillermo Prieto se vuelve invaluable.

    Esa “pasión poseedora” que, como dice Monsiváis, lo lleva a uno a gozar la relación con los muertos en un autógrafo, una foto, o en el culto-aprisionamiento de un libro escrito o ilustrado por alguien a quien uno admira se materializa en su estudio: en una pared se encuentra el dibujo que Ricardo Martínez realizó para la primera edición (1953) de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo. “Para mí esto es invaluable no sólo por el excelente trabajo de Martínez. Está ahí la letra de Rulfo con el principio de la novela mexicana que más admiro”.

    --Pareciera que en todo esto hay una obsesión por la permanencia…

    --Para mí la relación con el pasado es algo muy importante y que ciertamente puede volverse obsesiva. De pronto tengo contacto con la época de los años veinte o los cincuenta de este siglo, entonces busco libros, fotos, porque tengo la necesidad de realizar un viaje intrahistórico o por una manía adquisitiva, ya no de objetos sino de sentidos del pasado.

    Pero, insisto, yo no tengo orden y en ese sentido no puedo ser un buen coleccionista. Mi casa es un reflejo de mi desorden y una casa de coleccionista, en sentido estricto, tiene que tener secciones disciplinadas, no sólo dedicadas a la obtención y el despliegue de objetos, sino también en su defensa contra la incuria o el descuido, y ese no es mi caso.


    ***

    Además de los libros, otras importantes manifestaciones del coleccionismo febril de Monsiváis han sido la fotografía, la pintura y desde luego, la caricatura y el arte popular, del que sobresalen sus colecciones de carteles, calendarios y luchadores. Desde que en los años setentas adquirió un lote de ilustraciones de Miguel Covarrubias, ha reunido obras de Julio Ruelas, Roberto Montenegro, Leopoldo Méndez, Francisco Toledo, Ernesto El Chango Cabral, Gabriel Vargas, Abel Quezada, Andrés Audiffred y Alberto Isaac, entre muchos otros.

    Del siglo pasado tiene varios ejemplares de las revistas La Orquesta y El Ahuizote.

    El autor de Escenas de pudor y liviandad cuenta que su interés por la caricatura se remonta a sus lecturas de Don Timorato (revista que apareció en 1944) y que tras “quedar a merced de la pasión por coleccionarla”, actualmente continúa con la obra de moneros como Rius, Naranjo, Helioflores, Magú, El Fisgón, Helguera, Rocha, Ahumada, Falcón, Jis y Trino. En 1995, parte de esta colección se presentó bajo el título Aire de familia en el Museo de Arte Moderno, de Chapultepec.

    Sin embargo, Monsiváis insiste en definirse como un “coleccionista amateur” y asegura: “No es un trabajo exhaustivo, pero sí ha tomado tiempo, y si no tengo la colección que deseaba es la que he tenido al alcance de mis medios. Aún me faltan obras de José Clemente Orozco, de Rafael Araiza, de Ariel Fernal… El gusto por el coleccionismo en ese sentido es insaciable. Siempre hay alguna obra que se quisiera tener y siempre la pequeña o terrible contrariedad de no poseerla”.


    Elogio de la nostalgia


    Como todos los de su época, en sus tiempos de preparatoriano Monsiváis compraba libros en la calle de Donceles y en el mercado de La Lagunilla. “Visitar esos lugares con el escasísimo dinero que tenía, era para mí la representación del gozo. Mi consejero era don Artemio del Valle Arizpe, a quien frecuentaba todos los domingos y quien me regalaba sus libros repetidos o que no le interesaban. Me hacía muchas recomendaciones, que yo tomaba muy en cuenta. En esa época leí muchas cosas que yo no entendía en absoluto, pero que me parecían muy importantes porque él me lo decía.

    “También, desde muy joven visitaba la librería Porrúa, que era magnífica y en la que era posible encontrar a las ‘grandes figuras’, como Salvador Novo, a las que no me atrevía a hablarles. Aquél era un mundo de una obsesión cultural y de una sedimentación literaria que ya no existe. Ahora hay otras cosas: uno navega por Internet y tiene acceso a lo que entonces te deparaba la fortuna de las conversaciones; pero en aquella época el hallazgo de una plática era arribar a autores, perspectivas, gustos, a una cultura.

    “Esa vida literaria traía como complemento o consecuencia la formación de grandes bibliotecas, especialmente de la gente muy conservadora. Yo entonces era militante de la Juventud Comunista y no me parecía compatible el ideario de los conservadores, pero admiraba muchísimo su pasión cultural. Creo que la gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural; la política se analfabetizó en cierto sentido y esos abogados conservadores que sostenían los puntos de vista más aberrantes sobre la vida social y la justicia de nuestro país, eran al mismo tiempo los grandes museógrafos y los cultivadores de un pasado extraordinario. Ahora vivimos un momento muy ligado al auge de la tecnología, de descuido y desprecio por el libro, y los bibliófilos son una especie en extinción.

    La gran pérdida de la derecha mexicana actual es su falta de pasión cultural. La política se analfabetizó

    “Hoy la relación con el pasado se da a través de tantas especializaciones, que ya es demasiado específica. El crecimiento de la industria académica ha fragmentado al infinito esa relación, pero todavía en los cincuentas era una relación panorámica y eso para mí fue una lección inapreciable e inolvidable: ver cómo discutían una edición, ver cómo don Artemio enviaba sus libros a encuadernar a Holanda; ver cómo Felipe Teixidor hacía una referencia con la que contestaba a una nota de la marquesa Calderón de la Barca, era entender la enorme vitalidad y el gusto por el detalle que hace de la relación con el pasado algo tan fundamental”.

    --¿Qué pasó entonces con esos libreros y esos escritores?

    --Yo creo que todo se acabó, desapareció borrado por la fiebre de la modernización. Pero aún quedan algunos libreros que son un remanente de esa tradición, la de aquellos que sabían de qué se les hablaba, que tenían idea de los gustos del cliente, que entablaban una relación dual con él y con sus gustos. Las librerías de hoy son supermercados, los libreros especializados casi no existen y como ya hay un desahucio sicológico del libro, se parte de la base de que el librero especializado es más un taxidermista, un curador, que un especialista.

    --¿Diría usted que estamos ante un fin de la nostalgia por esa época?

    --Desde luego no de mi parte, pero yo no veo que nadie se queje de la desaparición de los libreros, salvo aquellos que nos formamos en el culto por el diálogo con ellos.

    --¿Y es posible rescatar esto?

    --No lo sé, la tecnología y la demografía van en contra. Hay demasiada gente y una dependencia excesiva de la computadora, todo eso tiende a la supresión. Un librero que sí se relacione con sus clientes es una rareza y seguramente la suya es una actitud impráctica, porque demostraría que tiene muy pocos clientes y que su librería está en vías de desaparecer.

    --¿Esa sentencia también apunta hacia la extinción de los libreros de tianguis, como los de La Lagunilla o Plaza del Ángel?

    --La Lagunilla es muestra de una actitud heroica de cómo sobrevivir al embate de la fayuca. Creo que dentro de unos años quedará muy poco de la vieja Lagunilla y sus personajes memorables. Libreros y público persisten, pero no han crecido al ritmo demográfico. En cambio, presenciamos cómo los coleccionistas del rock están en auge: el rock es el nuevo almacén de antigüedades.

    --En su opinión, ¿Cuál es el deber de nuestra generación, la de aquellos que tenemos entre 20 y 30 años, para contrarrestar esto?

    -- En el sentido de evitarlo, no queda nada. Queda en el sentido de preservar gustos. Una minoría que los preserva y los cultiva, que explica la racionalidad de su actitud y defiende sus predilecciones, siempre será una minoría con grandes probabilidades de éxito, en la medida en que la pluralidad del gusto permitirá también esas excepciones. Ir contra la tendencia depredadora me parece absurdo y rendirse ante ésta me parece todavía peor. Lo que queda es aceptar que uno es minoría y que esa minoría tiene derecho cabal de existir y que además se está dirigiendo a un público en verdad conocedor, que apreciará ese esfuerzo y con el cual se podrá mantener un diálogo.

    --Al hablar de usted, algunos lo han llamado “El sabio Monsiváis”… ¿Son el coleccionismo y la bibliofilia formas de encaminarse a la sabiduría?

    --De eso estoy completamente seguro. Que yo no sea un sabio no quiere decir que no admita y no proclame la sabiduría de los grandes bibliófilos. Hablar con Teixidor era uno de los placeres intelectuales más precisos que recuerdo, o asistir –así fuera en calidad de piedra- a esas tertulias de los Porrúa, que eran espléndidos bibliófilos.

    --¿Cuáles son los libros que a lo largo de tantos años de lector conserva como sus “joyas” de biblioteca?

    --Casi nada. De todo lo que compré de niño, entre los 10 y los 16 años, que fue mucho, lo sustituí por ediciones decorosas. Los libros que queden serán excepcionales.

    --¿Y de lo que ha comprado ahora?

    --Todo lo que he estado comprando sobre grabado del siglo XIX, que publicó Ignacio Cumplido, me parece maravilloso.

    --A pesar de lo que nos ha dicho, algunos se preguntarán qué fin específico tiene el reunir todo esto. ¿Hay placer hacia lo que significa el objeto y hacia lo que aporta?

    -- Es muy difícil describir los deleites. Se tienen, se gozan, se aprovechan, pero si uno intenta describirlos, siente que agota el misterio. Una relación utilitaria no tengo con estos materiales, ninguna. Tampoco una relación oportunista, de aprovechamiento, para solidarizarme con el mundo intelectual.

    Es una actitud de gozo, de respeto, de ironía protectora y de gusto por encontrarme con mentalidades tan ajenas, tan distintas y al mismo tiempo tan cercanas. Es por el gusto de saber que uno puede disponer de sus predilecciones y que van a estar ahí todo el tiempo.

    --Por último, entre tantas colecciones, pudiera pensarse que todos los meses inicia una nueva….

    --De ninguna manera, una colección sólo se le ocurre a alguien cuando ya no puede evitarlo. Es un compromiso y un compromiso se adquiere meditadamente, porque tampoco tiene sentido de pronto decir “ahora voy a coleccionar máscaras de Zedillo”.

    --A propósito, ¿en 50 años habrá quien coleccione todas esas figuritas de Carlos Salinas?

    --Sin duda alguna, ya hay quien tiene su museo.

    Monsiváis coleccionista, casi un pleonasmo.

    Esta entrevista a Monsi tiene 13 años. La hicimos en un mes de mayo, en el estudio del cronista en la colonia Portales, cuatro jóvenes que entonces realizábamos la revista La Galera. Nosotros, entusiasmados por conocerlo, fuimos desarmados cuando nos dijo que a él le emocionaba más que estuviéramos ahí. Era un sábado lluvioso. Hablamos con él dos horas de sus libros y colecciones. Hoy, 13 años después, Monsiváis se ha ido. Lo vamos a recordar husmeando en los tianguis de viejo, mirando libros, grabados, objetos. Este es otro sábado lluvioso, lento, triste. Salud por el “acaparador” de obsesiones (19/VI/2010).

    DE COLECCIONISTAS (Fábula monsivaisiana sobre el coleccionismo)

    Por Carlos Monsiváis


    “Época de coleccionistas es la nuestra”. Eso pensaba Jorge West, un enamorado de la moda.

    Todos coleccionaban algo: cuadros del Renacimiento, dibujos de Hans Memling, pintura temáticamente reaccionaria de David Alfaro Siqueiros, retratos de Rafael Caro Quintero hechos por Andy Warhol; cerillos, timbres, monedas. Revólveres usados por José León Toral para asesinar a Obregón (había uno que tenía 325); fotos abstractas con intención pornográfica; objetos porno despojados de cualquier connotación sexual; floreros persas del siglo XVI; falsificaciones genuinas de obras de arte de la dinastía Ming, búcaros búlgaros, libros de grabados de la Mongolia exterior, balsas guerreras de la Polinesia…

    Todo lo humano y todo lo que aspirase a lo divino era presa de los coleccionistas. Y él, Jorge West, carecía de temas adquisitivos a su altura, y se pasaba los días y los meses buscando algo en verdad sensacional para sus colecciones.

    Y en una ocasión, mientras leía el periódico, brotó el numen, la inspiración se apareció en persona: ¡Eureka!, ahí estaba... Él coleccionaría declaraciones y discursos en verdad originales de políticos oficiales.

    Y se lanzó a la búsqueda.

    ¡Vana esperanza!... Las declaraciones más recientes con visos de originalidad tenían sesenta, setenta años de haber sido dichas tal vez por primera vez, aunque eso uno nunca lo sabe.

    West fustigó hemerotecas, entrevistó políticos jubilados, investigó en sótanos y callejones… Nada. Las frases ya traían placa conmemorativa y algunas él las podía decir de memoria. Todo en los discursos era: “CAMBIO”, “RENOVACIÓN”, “COMPROMISO CON LOS MÁS NECESITADOS”, “AJUSTE DE CUENTAS CON EL PASADO POPULISTA”, “¡DECISIÓN!”, “¡ENERGÍA!”…

    Al cabo de unos meses, localizó una declaración que en algo, y por no sabía qué, le pareció novedosa: “NO VENGO A PROMETER, SINO A QUE ME PROMETAN”… ¡Fantástico!, a lo mejor esto era algo original. Con esto empezaría su colección.

    Un día más tarde renunció al propósito y nunca más se vio a sí mismo como coleccionista…

    La frase en cuestión había sido dicha en su primera gira por Don Guadalupe Victoria, primer Presidente de México.

    (Grabada por el autor en 1997 para la estación de radio 690 AM / Ondas del Lago)

    miércoles, 9 de junio de 2010

    Madera y papel


    Existe cierta relación, intrínseca y fascinante, entre el papel y la madera: libros en libreros, las fibras de árbol con las que algunos papeles están hechos (papeles ácidos y amarillos del tiempo), el escritorio, la pluma, el papel. Y la xilografía, esa técnica del grabado, acaso la primera tecnología con la que el hombre empezó a realizar imágenes en serie.

    En el librero de mi casa materna destinado a los libros especiales, uno me llamó la atención desde que tengo memoria: Incidentes melódicos del mundo irracional, de Juan de la Cabada, diseñado e ilustrado por Leopoldo Méndez. Pensaba yo que eran grabados en madera. No distinguí durante mucho tiempo, como suele suceder cuando no se tiene experiencia en la observación de la gráfica, el grabado en madera (xilografía) del grabado en linóleo o incluso del dibujo realizado a la manera de esgrafiado o scratch, donde una superficie negra es rayada con un punzón para producir líneas blancas en su interior. Esta confusión suele suceder por la similitud de las técnicas. Durante muchos años, mientras editábamos la revista Galera, dediqué parte de mi tiempo a la investigación de la ilustración y el diseño editorial mexicano de la primera mitad del siglo XX, tiempo en el que la xilografía resurgió como una propuesta estética para la ilustración de libros y la creación de diseños. El tema me resulta fascinante, por eso accedí de inmediato a la propuesta de escribir un ensayo que me hizo Iván W. Jiménez para la revista Ene-O.

    Aquí puedes ver un extracto de la revista:


    Aquí puedes leer el ensayo completo.

    Y claro, si radicas en el defe y el tema te interesa, puedes asistir a la presentación de la revista. En ella no sólo se habla del pasado o de la xilografía, sino de diferentes artistas y creaciones donde se ocupan las técnicas de la estampa para la creación de mensajes visuales. Ah, y de esa cosa extraña a la que solemos nombrar identidad mexicana.


    sábado, 27 de marzo de 2010

    El último post.

    Que en realidad es último, penúltimo y antepenúltimo.


    Tres revistas


    De repente, con mucho más frecuencia de la que me gustaría, llega un mail, un mensaje, un comentario, que me pregunta (y me pregunto) cuándo volveré a escribir en este lugar. La respuesta no la sé, lo que sí sé es que escribir aquí me llenó de comisiones para escribir y publicar en impresos (y qué gusto).


    La semana pasada llegaron a mis manos tres publicaciones con cosas mías, casi al mismo tiempo.


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    La primera fue Ene O. Ensayo del diseño. Un artículo sobre la xilografía como estilo en el diseño mexicano. Un tema preferido. Iván W. Jiménez, su editor, me recuerda mucho a mí. Tal vez por andar en el absurdo quehacer de las revistas. Editar revistas en papel: cosa necesaria; tanto esfuerzo, sólo con juventud.


    Roven


    La segunda es Roven, Revue Critique sur le Dessin Contemporain. Su editora, Johana Carrier, me solicitó un ensayo breve sobre un grabado de José Guadalupe Posada. La revista me honra con permitirme participar. Es de contenidos excelentes; disfruté bastante su lectura. El original está publicado en francés, yo lo escribí en español.


    Étapes


    La tercera, otra francesa, es Étapes. Design et Cultura Visuelle. El ensayo no es mío, sino la mayoría de los libros que lo ilustran. La investigación sobre la historia del diseño en México es de Leonardo Vázquez.


    ~


    No sé si vaya a ser mi última publicación. Tengo pendientes varias entregas desde el año pasado: sobre Julio Torri y editorial Cultura y poetas que también diseñan (ejemplos mexicanos, por supuesto). Los libros (hermosos) de Jaime Torres Bodet y los textos de Manuel Maples Arce. Algunos libros ilustrados de Dr. Atl es uno de los textos que preparé antes de dejar de escribir aquí; cien libros para la historia del diseño en México, mi idea más ambiciosa. La imprenta de Juan Pascoe y la biblioteca de Artemio Rodríguez los últimos textos que se me ocurrieron.


    Cosas por escribir siempre hay. Si ésta es la última de mis publicaciones, tal vez mejor opte por la cuenta regresiva.

    viernes, 6 de noviembre de 2009

    No sólo de pan vive el hombre


    Pica en la imagen para leer el artículo completo.

    Cuando leí el hermoso artículo de Mauricio Salvador me soprendió saberme la misma persona de la que él escribe. Me sorprende también que este espacio, que no es más que un ejercicio para compartir mis solitarios momentos de ocio, reciba tanta atención.

    No dejes de comprar este número de Tierra Adentro dedicado a los lenguajes de la enfermedad. Me dio mucho gusto encontrar entre sus páginas a una antigua colaboradora de nuestra oficina de diseño, Mayte de la Torre, con una estupenda serie de fotografías: Inventario Vitiligo. Me honra, además, compartir páginas con celebraciones a dos escritores a los que he disfrutado y admirado en esos ratos ociosos: Juan Vicente Melo y Eduardo Lizalde.

    No sobra decir que Mónica Nepote, la directora editorial de Tierra Adentro, hace un excelente trabajo para cada número con todo el teje y maneje de planear, solicitar, reunir y volcar en papel textos e imágenes de una forma nueva a la que se venía haciendo desde hace años. Como dicen los teóricos, para que un sistema sobreviva, debe modificarse. Ay, esa ardua y delicada labor de la edición de las revistas culturales...

    Me sabe raro presumirte estas palabras que me despliegan de tan buena forma, pero como bien dice el dicho que acompaña algún ex libris: no sólo de pan vive el hombre.

    lunes, 2 de noviembre de 2009

    Imágenes de la muerte

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    Images of death

    Del libro de Mercurio López, La muerte en el impreso mexicano (Editorial RM, 2008), estos cuatro ex libris con el tradicional tema de vanitas. Recomiendan los que saben no utilizar el recurrente tema de la muerte en los ex libris, por trillado; tampoco los retratos del propietario, ni los de sus casas, para no pecar de vanidad.

    Ruelas

    1. Ex libris de Jesús Luján, 1905.
    Dibujo a tinta de Julio Ruelas impreso en clisé.

    Ex libris de Roberto Montenegro

    2. Ex libris de Roberto Montenegro, ca. 1919.
    Dibujo a tinta de Roberto Montenegro impreso en clisé.

    Carlos Toro

    3. Ex libris de Carlos Toro, ca. 1919.
    Dibujo a tinta de Carlos Neve impreso en clisé.

    FONDO

    4. Ex libris de Harold Leonard, ca. 1947.
    Grabado sobre linóleo de Leopoldo Méndez.

    Del fantástico libro, reproduzco el prólogo de Gregory Dechant:

    Y para empezar a despojarla de su principal ventaja
    contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario;
    quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos
    a ella. No pensemos en nada con más frecuencia
    que en la muerte...
    Montaigne

    En una de las notas al ensayo que sigue, Mercurio López Casillas se asoma al extenso desarrollo semántico del término calavera en el castellano de México. Tal vez convendrían aquí también unas observaciones sobre sus raíces. La palabra viene del latín calvaria, que significa “cráneo”, voz derivada a su vez de calvus, “calvo, mondo o despojado”. El empleo del término para designar un esqueleto entero se debe a “la confusión que pronto se produjo entre calvaria y el cultismo cadáver con su familia”, una “contaminación inevitable”, según el lexicógrafo Joan Corominas. No menos rico en asociaciones es el evidente parentesco de la palabra con calvario, que viene también del latín calvaria y era el término empleado para traducir gólgota (helenización de una voz aramea que designaba el cráneo) del griego del Evangelio de san Mateo. Fueron sin duda estas evocaciones de la muerte, el despojamiento y la vanidad de la existencia humana las que inspiraron la estremecedora definición de calavera en el gran Diccionario de autoridades de la Real Academia Española (1726):

    “La cabeza del hombre, o de otro cualquiera animal, ya despojada por la muerte de todo el adorno exterior e interior de facciones, y sentidos, y que solamente le ha quedado la armazón de los huesos, en que se contempla una horrorosa figura de lo que fue”.

    El tono grave de Autoridades podría hacer pensar que fuera algo sombrío un volumen dedicado a la calavera en el arte gráfico mexicano, pero la mirada más superficial a las páginas de este libro desmiente tajantemente esa noción. El autor se refiere al surgimiento, durante la segunda mitad del siglo xviii, de “las prime-ras manifestaciones de la muerte con carácter festivo”. Desde aquel entonces, innumerables artistas mexicanos, tanto célebres como anónimos, han seguido al pie de la letra los consejos de Montaigne citados antes. Que haya sido motivada por el estoicismo senequista de un humanista del Renacimiento o simplemente por esa supuesta indiferencia del mexicano ante la muerte, “que se nutre –en palabras de Octavio Paz– de su in-diferencia ante la vida”, la burlona familiaridad con La Huesuda que se manifiesta en los impresos e ilustraciones de este libro constituye una preparación idónea en el refinado arte de morir.

    Uno de los mayores aciertos del trabajo de Mercurio López Casillas es haber situado las famosas calaveras de Posada en el contexto de la larga tradición a la cual pertenecen. Primero, el autor trata brevemente la iconografía prehispánica de la muerte y su capitulación ante modos de pensamiento españoles a raíz de la Conquista. Particularmente esclarecedora es su reflexión sobre el imaginario funerario del período virreinal, ese largo proceso de gestación que dio forma a tantos rasgos de la cultura popular y tradicional de México. En La portentosa vida de la Muerte el franciscano Joaquín Bolaños no produce sino una pálida imitación de las visiones satíricas de Quevedo, pero las extra-ordinarias ilustraciones que acompañan su obra son los primeros ejemplos de la distintiva calavera mexicana. Estas imágenes constituyen una muestra reveladora del desarrollo de la sociedad criolla de la Nueva España hacia una identidad específicamente mexicana, lo que haría de la independencia política un anticlímax en términos culturales. López Casillas sigue la historia a través del siglo xix, en las tradiciones del Día de Muertos y en las obras de los grandes carica-turistas mexicanos y de Manilla y Posada, los principales exponentes del género en el imaginario popular. Antes de rastrear brevemente las fortunas de la calavera en el siglo xx, el autor analiza la obra de Julio Ruelas. Aunque no pertenecen estrictamente al género de la calavera, las oscuras y perturbadoras visiones de Ruelas son el contrapunto y el complemento necesarios a los aires festivos de las demás imágenes presentadas en este libro. Las morbosas libertades que toma Ruelas con su novia “incestuosa” no son sino otra manera, al fin y al cabo, de seguir la pauta de Montaigne y de quitarle su “extrañeza” a la muerte.

    Morituri te salutamus: ¡que comience el espectáculo!